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lunes, 3 de septiembre de 2018

DIARIO DE LAS NO SEÑORAS QUE...

CAPITULO XXI

3 de septiembre

Una tarde en el cine. La ley del silencio...

... o lo que viene siendo: “Cállate, niño” 

Este sábado he ido al cine como casi todos los fines de semana que coincidimos con mis sobrinos. Vamos en familia y es una forma de mantener la tradición que teníamos de pequeños, con la única excepción de que ahora es algo habitual y cuando ibas antes, era algo realmente especial.                              

El cine tiene ese “yo qué se, que qué sé yo” mágico que te lleva a cualquier lugar.                     
Encontrar a quién no le agrade el séptimo arte es tan difícil, como que alguien te diga que no le gusta el chocolate y, aún así, hay más gente a la que no le gusta el choco, que el cine.          

Pero la magia del cine se la está cargando la falta de buenos modales. 

A ver, la de ayer era una de estas de tiburones, por lo que la sala se llena de adolescentes y tampoco hagamos demasiado hincapié en lo de “se llena”. Nosotros elegimos siempre la ultima fila porque, el que más o el que menos, tenemos la vista para verla mejor de lejos que de cerca.              

 
             
Estaba completa... de adolescentes. Y me parece genial, pero realmente y teniendo en cuenta la crisis, ¿estos niños pueden permitirse el lujo de pagarse la entrada, las palomitas, las chuches y el refresco, para tirarse toda la santa película con el móvil encendido mirando Instagram?. ¿Les compensa? Jolín, que te pasas todo el filme más pendiente de las 5,5 pulgadas de la pantallita que tienes al lado y que, por cierto, te importa un carajo, que de los 4,6 x 8,6 metros de la que tienes enfrente.                        
   

Súmale la parejita de 14-15 años con las hormonas a pleno rendimiento que se tira todo el rato ”mascando chicle”.  Bien. Desde que existe el cine, parejas de todo el mundo han ido allí a “pelar la pava”. Es lo que tiene la oscuridad, que provoca a los enamorados, pero incomoda a quienes tienen al lado sentados. Ese ruido de los besuqueos durante tantísimo rato...  uff, cansino, cansino.      
          
 

Y ya por último, ninguno se calla. Y no hablan bajito, no. Hablan como cuando están en la calle, para que todo el mundo se entere. Las niñas riéndose y pegando grititos por que el chulazo de Instagram le ha dado a “me gusta” en una de sus publicaciones y además ha hecho un comentario como: “como molas mami” o algo parecido.  Y los chicos a saber, porque no se les entiende nada con la jerga que hablan ahora. Pero no se callan. Cuando ya no puedes más. Les dices “mira, ¿podéis callaros o hablar más flojito?. Estamos viendo una peli, ¿no?” y con suerte, ganas un par de minutos de silencio.        

Si es una peli infantil, olvídate de verla en la gran pantalla, a no ser que tengas nervios de acero. Es superar una prueba de fuego para ver hasta dónde eres capaz de aguantar, pero sin premio final.  Puedes contar con los dedos los niños que miran y ven, pero te faltan dedos para contar infantes que no paran y te sobran ganas de matar a padres que parecen ser ciegos y sordos.
    

Los niños son niños, de acuerdo, caray eso ya lo sé pero, por favor, no me tildéis de “madrastrona”, el circo es para gritar y el cine es para oír y ver una peli. Si no educamos a nuestros pequeños a cómo tienen que comportarse en depende qué lugares, cuando sean mayores darán un por cucu al resto del mundo que no veas.  
Cuando mis sobris eran críos, en el cine no los dejábamos respirar. Angelitos. “Chist, calla que molestamos a este señor”, “Chist, no hagas ruido con el papel del caramelo, que no se escucha la peli”, “Chist, siéntate que aquí no podemos ponernos de pie”. Coñi, nos pasábamos tres pueblos con las criaturas. 

Y sin embargo, otros se tiran todo el tiempo preguntando cosas y los padres explicándoselo todo con pelos y señales. Levantándose, pegando pataditas en el respaldo del asiento, yendo ochenta veces a hacer pipí (algo imposible durante  hora y tres cuartos para un riñón y una vejiga tan pequeñas) y sin, aparentemente, un adulto que les diga: hijo para un poco que otro día no venimos ¿eh?. Y ahí sí que no puedes decir nada. “Callaíta”, porque son niños y los niños se tienen que mover. Pues vaya. Llévalos a un parque de bolas. Yo también he sido niña y no nos comportabamos así en el cine porque no nos dejaban. Así que la culpa es de la condescendencia de los padres, no de los hijos.


Está claro que no soy crítica de arte, sino criticona por el arte, que no es lo mismo y además es peor.


Y ya no voy a hablar del que en vez de palomitas se compra patatas fritas, que os juro que me los he encontrado pero, como siempre, me extiendo demasiado. Así que ahí lo dejo, para seguir la semana que viene. 
Gracias a tod@s por manteneros aquí, aguantándome. Os quiero más sólo por eso.

Besos, señor@s.



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