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domingo, 1 de julio de 2018

CAPITULO XII

02 de Julio

DE LAS COMPRAS INÚTILES Y EL SENTIDO DE LA VIDA

¿Cuántas veces os habéis levantado sin ganas o habéis tenido una mañana de auténtica mierda? 
¿Y a cuántas se os ha arreglado comprando cualquier cosilla?... Pues eso.   
No me refiero a grandes problemas, que ya sabemos que no se arreglan con un perfume, aunque dejaría de “oler mal el asunto”. Me refiero a un mal día, un mal rollo, un “Puff”.  

Y cuando tienes uno de esos días y yo diría que cualquier otro también vale, muchas veces terminamos comprando cosas... inútiles, que jamas usamos o acaban cumpliendo su objetivo.     

Hablo por mi, y me apuesto el cuello que por más de una, si digo que puedo sentarme en mitad de la casa, echar un rastreo visual de 360º y terminaré diciendo unas 80 veces..., ¿y esto para qué?.               
        
     

Por ejemplo LAS CREMAS. Tengo body creams para todo el edificio. Nutritivas, hidratantes, anticeluliticas efecto calor, anticeluliticas efecto frío (que no sirven para nada pero que son caras como si lo hicieran para algo), bodymilk con brillo para cuando salgas por la noche y quieras llenar toda la ropa de una purpurina finiiiiisima que no se va con nada, cremas corporales perfumadas (esas son mis favoritas), para las piernas cansadas, otra para tener los pies de anuncio, para las manos suaves, para la cara, para el contorno de ojos, exfoliantes..., protector para el sol y after sun para las quemaduras que, digo yo, no será muy efectivo uno, cuando hace falta el otro y podría seguir...           

               

Nada de todo esto, se consume, pero ahí están. Ocupando todo un mueble en el baño. La mayoría no las uso porque ya tengo otras, evidentemente, y es como la ropa que al final siempre acabas poniéndote la misma. Por último se ponen malas y es cuando terminan en la basura.   
Antes, la Nívea servía para todo y, por amor de Dios, ¿protector solar?, ¡pero si ni siquiera voy a la playa!     
Los CACHARROS sin sentido. Los colores no sólo existen para combinarlos con el negro, no. Los colores están para que, como urracas, nos lancemos hacia ellos porque si. Porque a ver para qué quiero un vaso ROSA de Coca Cola dentro de la vitrina que “no uso no sea que se rompa y ya no tengo más”, sólo  por el simple hecho de ser rosa. Pero es muy mono. Gracias a Dios lo rosa era un vaso y no un piano de cola, si no también nos lo traemos aunque lo hubiéramos tenido que dejar en la entrada del piso.       
¿Y esos juegos de café taaaaaan bonitos en los que coge justo, justo un buchito?. Pero, por favor, si yo me tomo el café prácticamente en una jarra de cerveza.      
Pues mirad, mirad en las cocinas y alacenas a ver cuantas cosas parecidas encontráis. LLENAS las tenéis, como yo.   

                    

Las FIGURITAS de adorno. Ay, ma-dre. Ya sean tanto de salón como de dormitorio, ¿habrase visto jamás cosa más inútil que eso?. O sea, ¿qué sentido tiene en tu vida un perro de cerámica en un rincón del salón tamaño natural que ni siquiera se parece al tuyo? Yo no lo tengo, pero si los he visto en otras casas. Damiselas de época, jarroncitos minúsculos a los que no les cabe ninguna flor, decenas de marquitos de fotos a los que sólo les puedes poner las de carnet, con lo feísimos que salimos todos ... Hasta arriba.

               

Luego los PELUCHES  y los premios de feria. Todos los años hay que sumar al menos dos peluches de la feria que son malos, malos, malos. Ni los chinos los venderían, pero que no tiras a saber porqué. Un mapache de peluche tengo yo desde hace dos años, con las orejas rosas que “alguien” prácticamente “compró a precio de oro” hasta que lo consiguió para regalárselo a una niña y al final se quedó en el dormitorio de su tía cogiendo polvo. Pero vamos que a ese lo tengo ya en la puerta de la casa para que pique billete hacia otros lugares. Que vea mundo.

   
   
Y entérese todo el mundo, a una cierta edad, los peluches mimosos, cariñosos, tiernitos y “simbólicos” solo estorban. Los diamantes ocupan menos espacio y los llevas siempre encima.  

De todas formas hay muchas cosas bonitas por ahí diciendo cómprame, que a ti no te valen (porque habrá a quien si, claro) y que te dejan con esa ansiedad de decir “ayyyy, yo quiero uno”. Por ejemplo, a mi siempre me han gustado esas estructuras que hay para que los gatos suban y bajen y jueguen... pero lo mío son los perros así que, hasta que no tenga un minino, me quedaré con las ganas.  

  

Las cajas de lata. Mira que son bonitas. En serio. Son preciosísimas con sus decoraciones de todo tipo. Pero lamentablemente, no existen tantas galletas, bisutería, botones, cargadores, bolígrafos, lápices y cosas inútiles pequeñitas que “guárdalas no sea que algún día tengamos que echar mano y no haya”, para meter en tanta caja de lata. De verdad que no.  

Si es que vamos por la calle y al menos siete veces hasta que regresas a casa has dicho “oh, siempre he querido tener uno de esos”. ¿Para qué? ¡Es igual para qué! pero siempre has querido uno de esos, y con mucha suerte igual vuelves con uno. 

Ahora me piro, a ver si adopto un gato. 

 
Besos, señoras. 




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